El hígado participa en funciones indispensables para la vida: procesa nutrientes, produce proteínas, participa en la digestión, almacena energía y ayuda a transformar o eliminar sustancias potencialmente dañinas. Por eso, cuando una enfermedad lo lesiona durante años y el tejido sano empieza a ser sustituido por tejido cicatricial, las consecuencias pueden afectar a todo el organismo. Ese proceso avanzado de cicatrización se conoce como la cirrosis. No siempre produce síntomas en sus primeras etapas y, de hecho, algunas personas descubren el problema cuando ya existe un daño importante.
Hablar de cirrosis y cuidado del hígado no significa únicamente hablar de alcohol. Hoy se reconocen múltiples causas, entre ellas la enfermedad hepática asociada al alcohol, las hepatitis B y C crónicas, la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica o MASLD —nombre que reemplazó al término “hígado graso no alcohólico” en la nueva nomenclatura internacional—, enfermedades autoinmunes, alteraciones de los conductos biliares y ciertos trastornos hereditarios.
Detectar la causa es esencial porque el tratamiento busca, ante todo, detener o reducir la agresión que sigue dañando el hígado.
Qué es la cirrosis y qué ocurre dentro del hígado
La cirrosis es el resultado final de diferentes procesos de daño hepático crónico. Cuando el hígado se lesiona de forma repetida, intenta repararse. Durante ese proceso se forma fibrosis, es decir, tejido cicatricial. Si la agresión persiste durante suficiente tiempo, la fibrosis puede hacerse extensa, alterar la arquitectura normal del órgano y evolucionar a cirrosis.
El problema no se limita a que exista una “cicatriz”. El tejido fibroso reemplaza zonas de tejido funcional, distorsiona la estructura del hígado y dificulta el paso normal de la sangre. Como consecuencia, el órgano puede perder progresivamente capacidad para fabricar proteínas, manejar nutrientes, metabolizar medicamentos, producir bilis y depurar determinadas sustancias de la sangre.
Cirrosis compensada y cirrosis descompensada: una diferencia clave
En términos clínicos, suele hablarse de cirrosis compensada cuando el hígado, a pesar de la cicatrización, todavía logra mantener muchas de sus funciones y no han aparecido determinadas complicaciones mayores. En esta etapa una persona puede sentirse relativamente bien e incluso no tener síntomas evidentes.
La cirrosis descompensada aparece cuando se desarrollan complicaciones que indican un deterioro más avanzado, como ascitis, sangrado por várices, encefalopatía hepática o ictericia marcada. La descompensación cambia el escenario clínico y exige seguimiento especializado, porque puede aumentar el riesgo de hospitalización, infecciones, insuficiencia hepática y necesidad de trasplante.
Qué es la hipertensión portal y por qué produce complicaciones
Una de las consecuencias centrales de la cirrosis es la hipertensión portal. La vena porta lleva al hígado sangre procedente de órganos como el intestino, el bazo y el páncreas. Cuando la cicatrización dificulta que esa sangre atraviese el hígado, aumenta la presión dentro del sistema portal.
Esa presión favorece la aparición de vasos sanguíneos dilatados —várices—, aumento del tamaño del bazo y acumulación de líquido en el abdomen. Además de várices, esplenomegalia y ascitis, la hipertensión portal contribuye a la encefalopatía hepática y a la disminución de plaquetas (hiperesplenismo).
Por qué una cirrosis puede pasar desapercibida
Una característica que vuelve especialmente importante el diagnóstico oportuno es que la cirrosis temprana puede no generar síntomas. Una persona puede conservar una rutina normal mientras el daño avanza.
Por eso, quienes tienen factores de riesgo —por ejemplo, hepatitis viral crónica, diabetes tipo 2, obesidad, alteraciones metabólicas o consumo perjudicial de alcohol— no deberían esperar a que aparezca ictericia o acumulación de líquido para consultar.
Principales causas de cirrosis y factores de riesgo
La cirrosis no es una sola enfermedad con una sola causa. Es una consecuencia posible de diferentes enfermedades hepáticas crónicas. Incluso una misma persona puede tener más de un factor de daño al mismo tiempo.
Enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica MASLD
La nomenclatura internacional cambió en 2023: la antigua enfermedad por hígado graso no alcohólico pasó a denominarse enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD).
Según la AASLD, esta denominación incluye a personas con esteatosis hepática y al menos un factor de riesgo cardiometabólico. El espectro puede avanzar desde acumulación de grasa hasta inflamación, fibrosis y cirrosis.
El riesgo es especialmente relevante en personas con obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, alteraciones de los lípidos o síndrome metabólico. Por eso, el cuidado del hígado también depende de cuidar el peso, la glucosa, la presión arterial y la salud cardiovascular.
Enfermedad hepática asociada al alcohol
El consumo excesivo y sostenido de alcohol puede inflamar y lesionar el hígado. La susceptibilidad varía entre personas, por lo que no existe una cantidad de alcohol que permita predecir con certeza quién desarrollará cirrosis, aunque la susceptibilidad individual varía, sería útil indicar que el riesgo aumenta con la dosis y el tiempo de consumo, y que factores como sexo femenino, obesidad, diabetes o hepatitis viral concomitante potencian el daño.
En una persona que ya tiene cirrosis, el NIDDK recomienda suspender por completo el alcohol, porque continuar consumiéndolo puede producir más daño hepático.
Hepatitis B y hepatitis C crónicas
Las hepatitis virales siguen siendo una causa importante de enfermedad hepática avanzada. La Organización Mundial de la Salud estimó que 240 millones de personas vivían con hepatitis B crónica en 2024 y que ese año se produjeron aproximadamente 1,1 millones de muertes, principalmente por cirrosis o carcinoma hepatocelular. La buena noticia es que la hepatitis B puede prevenirse mediante vacunación y que existen tratamientos antivirales para la infección crónica.
Para la hepatitis C, la OMS estimó 47 millones de personas con infección crónica y alrededor de 239.000 muertes en 2024, principalmente relacionadas con cirrosis y cáncer hepático. Entre quienes desarrollan infección crónica por el virus de la hepatitis C, el riesgo de cirrosis se sitúa aproximadamente entre 15 % y 30 % a lo largo de 20 años.
No existe vacuna contra la hepatitis C, pero los antivirales de acción directa pueden curar la infección en más del 95 % de los casos, lo que refuerza la importancia del diagnóstico y tratamiento tempranos.
Otras causas que también deben investigarse
- Hepatitis autoinmunitaria: el sistema inmunitario ataca por error al hígado y puede causar inflamación crónica.
- Colangitis biliar primaria y colangitis esclerosante primaria: dañan o alteran los conductos biliares y pueden producir fibrosis progresiva.
- Enfermedades hereditarias: como hemocromatosis, enfermedad de Wilson y deficiencia de alfa-1 antitripsina.
- Congestión hepática crónica: ciertas enfermedades cardíacas pueden dificultar el flujo sanguíneo del hígado y producir daño a largo plazo.
Síntomas de la cirrosis: desde señales sutiles hasta urgencias
Los síntomas dependen de la etapa y de las complicaciones. En fases tempranas pueden ser inespecíficos y confundirse con otras condiciones.
Según el NIDDK, entre los síntomas iniciales pueden aparecer cansancio, debilidad, picazón, pérdida del apetito, pérdida de peso involuntaria, náuseas, vómito, molestias en la parte superior derecha del abdomen y pérdida de masa muscular.
Signos que pueden indicar enfermedad más avanzada
- Ictericia: coloración amarilla de la piel o de la parte blanca de los ojos.
- Ascitis: acumulación de líquido dentro del abdomen, que puede generar aumento del perímetro abdominal, sensación de peso y dificultad respiratoria.
- Edema: hinchazón de piernas, tobillos o pies.
- Várices esofágicas o gástricas: venas dilatadas que pueden sangrar y producir vómito con sangre o deposiciones negras.
- Encefalopatía hepática: confusión, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño, cambios de conducta o somnolencia debido a sustancias que el hígado enfermo no logra procesar adecuadamente.
- Moretones o sangrado con mayor facilidad: relacionados con alteraciones en proteínas de coagulación y otros cambios propios de la enfermedad.
- Orina oscura, picazón intensa o pérdida muscular: también pueden acompañar el deterioro de la función hepática.
- Otros signos clásicos son: arañas vasculares (telangiectasias), enrojecimiento de las palmas (eritema palmar) y ginecomastia en hombres.
Cuándo buscar atención médica de urgencia
Una persona con cirrosis debe recibir atención inmediata si presenta vómito con sangre, deposiciones negras o con sangre, confusión súbita o somnolencia intensa, fiebre con dolor abdominal (esta sintomatología en una persona con ascitis puede indicar peritonitis bacteriana espontánea, una infección grave), dificultad respiratoria importante, desmayo o un deterioro rápido del estado general.
Estas manifestaciones pueden corresponder a complicaciones graves y no deben manejarse en casa.
Cómo se diagnostica la cirrosis y cómo se mide el daño hepático
El diagnóstico no depende de una sola prueba. El médico integra los antecedentes, el examen físico, los resultados de laboratorio y los estudios de imagen.
En algunas situaciones se necesita una biopsia, aunque actualmente existen herramientas no invasivas que permiten valorar fibrosis y rigidez hepática.
Historia clínica y pruebas de sangre
La evaluación puede incluir preguntas sobre consumo de alcohol, medicamentos, suplementos, cambios de peso, antecedentes familiares, diabetes, obesidad, exposición a hepatitis y otras enfermedades. Los análisis de sangre ayudan a valorar daño hepático, bilirrubina, albúmina, recuento sanguíneo, coagulación y posibles causas como hepatitis B o C, entre otras pruebas según el caso.
Un punto importante es que las enzimas hepáticas no cuentan por sí solas toda la historia. Una persona puede tener enfermedad avanzada sin elevaciones espectaculares de transaminasas. Por eso, la interpretación debe hacerse dentro del contexto clínico completo.
Ecografía, elastografía y otras imágenes
La ecografía puede mostrar cambios en el tamaño, forma y textura del hígado, así como signos indirectos de hipertensión portal.
La tomografía y la resonancia magnética aportan información adicional en situaciones seleccionadas. La elastografía mide la rigidez del hígado; un aumento de rigidez puede sugerir fibrosis avanzada o cirrosis.
Cuándo se necesita una biopsia hepática
La biopsia no es obligatoria para todos los pacientes. Puede solicitarse cuando las pruebas no invasivas no permiten aclarar el diagnóstico, cuando es necesario establecer la causa del daño o cuando la información obtenida puede modificar la conducta terapéutica. La decisión debe individualizarse.
Tratamiento de la cirrosis: controlar la causa y prevenir complicaciones
Actualmente no existe un tratamiento único que “borre” la cirrosis ya establecida. El NIDDK señala que el daño cicatricial no dispone de una cura específica que lo revierta de forma general.
Sin embargo, tratar la causa de fondo puede detener o ralentizar el daño, y manejar correctamente las complicaciones puede reducir el riesgo de deterioro y de insuficiencia hepática.
El tratamiento cambia según la causa
- En hepatitis B crónica, determinados antivirales pueden reducir la actividad viral y el riesgo de progresión.
- En hepatitis C, los antivirales de acción directa pueden curar la infección en la gran mayoría de pacientes, aunque quienes ya tienen cirrosis necesitan seguimiento posterior.
- En enfermedad hepática asociada al alcohol, la abstinencia completa es una de las intervenciones centrales.
- En MASLD/MASH (esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica), el manejo de peso, diabetes, presión arterial, lípidos y otros factores cardiometabólicos forma parte del tratamiento integral. Por otro lado, desde 2024 existen fármacos aprobados para MASH con fibrosis moderada-avanzada (resmetirom, FDA 2024; semaglutida, FDA 2025), aunque no para cirrosis establecida. Además, una pérdida de peso ≥7–10 % se asocia a mejoría histológica; es un dato útil y cuantificable.
- En enfermedades autoinmunes, colestásicas o hereditarias, existen tratamientos específicos que dependen del diagnóstico preciso.
Cómo se tratan las principales complicaciones
El equipo médico puede utilizar medicamentos, procedimientos endoscópicos, cambios nutricionales u otras intervenciones para tratar ascitis, hipertensión portal, várices, infecciones o encefalopatía hepática.
Por ejemplo, algunas personas necesitan diuréticos y reducción individualizada de sodio; otras requieren medicamentos para disminuir el riesgo de sangrado por várices o procedimientos endoscópicos. La encefalopatía puede tratarse con fármacos que ayudan a reducir la acumulación de sustancias tóxicas.
La selección de cada terapia depende de la situación clínica, por lo que no es seguro copiar el tratamiento de otro paciente con cirrosis. La misma enfermedad puede manifestarse de formas distintas y requerir decisiones diferentes.
Nutrición en cirrosis: evitar la desnutrición también es tratamiento
La nutrición merece especial atención. La NIDDK señala que estudios han encontrado desnutrición en aproximadamente 50 % a 90 % de las personas con cirrosis. Náuseas, pérdida del apetito, cambios metabólicos y dificultades para absorber o utilizar nutrientes pueden contribuir a la pérdida de masa muscular y debilidad.
Por eso, en lugar de imponer dietas restrictivas por cuenta propia, es preferible trabajar con un profesional de nutrición. Dependiendo del caso, puede recomendarse comer porciones pequeñas con mayor frecuencia, evitar ayunos prolongados y garantizar una cantidad suficiente de energía y proteínas.
Si existe ascitis, el médico puede indicar reducción de sodio. El alcohol debe evitarse por completo y se recomienda no consumir mariscos, pescados o carnes crudos o poco cocidos ni productos lácteos no pasteurizados, debido al mayor riesgo de infecciones en pacientes con cirrosis.
Medicamentos, suplementos y automedicación
Cuando el hígado está enfermo, cambia la forma en que el organismo procesa algunos medicamentos. Por ello, una persona con cirrosis debe informar a su equipo tratante sobre todos los fármacos, vitaminas, productos herbales y suplementos que utiliza. “Natural” no significa necesariamente “seguro para el hígado”. No se deben iniciar, suspender ni modificar tratamientos sin indicación profesional.
En ese sentido, para la cirrosis deben evitarse los antiinflamatorios no esteroideos (ibuprofeno, naproxeno, diclofenaco) por riesgo de falla renal, sangrado y empeoramiento de la ascitis.
Asimismo, el acetaminofén suele ser el analgésico preferido a dosis reducidas (habitualmente ≤2 g/día) bajo indicación médica. También es clave tener precaución con las benzodiacepinas y opioides (pueden precipitar encefalopatía).
Bienestar emocional y red de apoyo
La cirrosis es una enfermedad crónica que puede generar miedo, incertidumbre, cambios laborales, limitaciones físicas y preocupación frente a una posible hospitalización o trasplante.
El bienestar emocional forma parte del cuidado clínico. Hablar con el equipo de salud sobre ansiedad, tristeza persistente, alteraciones del sueño o dificultades de adaptación permite buscar apoyo psicológico o psiquiátrico cuando sea necesario.
La red de apoyo también es importante: familiares y cuidadores pueden ayudar a reconocer cambios de comportamiento compatibles con encefalopatía, acompañar a controles, organizar medicamentos y facilitar la adherencia al plan nutricional. El objetivo no es reemplazar la autonomía del paciente, sino fortalecerla con información y acompañamiento.
Seguimiento para detectar cáncer de hígado y otras complicaciones
La cirrosis aumenta el riesgo de carcinoma hepatocelular, el cáncer primario más frecuente del hígado. Por eso, la NIDDK señala que el médico puede recomendar vigilancia periódica, con frecuencia mediante ecografía u otras pruebas aproximadamente cada seis meses, dependiendo del perfil clínico. El calendario exacto debe definirlo el especialista.
Prevención: cómo proteger el hígado antes de llegar a la cirrosis
No todas las causas de cirrosis son prevenibles, pero muchas formas de daño hepático sí pueden reducirse o detectarse antes de que lleguen a etapas avanzadas. El cuidado efectivo combina hábitos saludables, vacunación, diagnóstico oportuno y uso responsable de medicamentos.
- Vacúnese contra la hepatitis B: De acuerdo con las recomendaciones de salud aplicables. La OMS confirma que existen vacunas seguras y eficaces contra esta infección.
- Prevenga la hepatitis C: No existe una vacuna eficaz; la prevención se centra en evitar el contacto con sangre infectada, no compartir agujas ni elementos cortopunzantes y exigir prácticas seguras en procedimientos, tatuajes o perforaciones.
- Conozca sus factores metabólicos: Controlar su peso, glucosa, presión arterial, triglicéridos y colesterol ayuda a reducir el riesgo asociado a MASLD.
- Evite el consumo perjudicial de alcohol. Si ya existe enfermedad hepática o cirrosis, pregunte al especialista por la recomendación individual. Frente a la cirrosis se aconseja una abstinencia completa.
- No se automedique: Medicamentos y suplementos pueden lesionar el hígado o interactuar con tratamientos existentes.
- Realice controles médicos si tiene factores de riesgo, incluso si se siente bien. La ausencia de síntomas no descarta fibrosis avanzada.
- Mantenga una alimentación equilibrada y actividad física: Ajustada a su condición clínica. En personas con cirrosis, el plan debe individualizarse para prevenir pérdida muscular y desnutrición.
Cirrosis y trasplante de hígado: cuándo puede ser necesario
Tener cirrosis no significa que toda persona necesitará un trasplante. Muchos pacientes permanecen compensados durante periodos prolongados si se controla la causa y reciben seguimiento adecuado. Sin embargo, cuando la enfermedad progresa a insuficiencia hepática, aparecen complicaciones recurrentes o el equipo identifica criterios clínicos de gravedad, puede ser necesaria una evaluación para trasplante.
El hepatocarcinoma (o carcinoma hepatocelular) es el cáncer de hígado más frecuente en los adultos, representando entre el 80% y el 90% de los tumores malignos primarios que se originan en el hígado. Habitualmente, se remite a evaluación con MELD ≥15, primera descompensación o carcinoma hepatocelular dentro de criterios (p. ej., Milán).
No obstante, el trasplante hepático reemplaza un hígado que ya no cumple adecuadamente sus funciones por un hígado sano de un donante, o en determinados programas por una parte de hígado de un donante vivo.
La valoración no depende de un solo síntoma: requiere estudios de función hepática, estado general, enfermedades asociadas, nutrición, condición cardiovascular, infecciones, apoyo psicosocial y otros factores.
Trasplantes hepáticos en Colombia
El Instituto Nacional de Salud informó que durante 2025 se realizaron 1.361 trasplantes de órganos en Colombia. El hígado fue el segundo órgano más trasplantado, con 296 trasplantes hepáticos, después del riñón.
Estas cifras muestran que el trasplante es una opción real para pacientes seleccionados con enfermedad hepática avanzada, pero también recuerdan la importancia de la donación de órganos y de la atención especializada antes y después del procedimiento.
En Colombiana de Trasplantes, el abordaje de la enfermedad hepática incluye atención integral y seguimiento de pacientes que requieren manejo especializado. La consulta oportuna permite establecer si la persona necesita continuar en cuidado hepatológico, manejar complicaciones o iniciar una evaluación para trasplante.
Preguntas frecuentes (FAQs)
1. ¿La cirrosis siempre produce síntomas?
No. En etapas tempranas puede no haber síntomas o estos pueden ser inespecíficos. Algunas personas se diagnostican durante estudios realizados por otra razón. Por eso, quienes tienen factores de riesgo deben consultar aunque se sientan bien.
2. ¿La cirrosis se puede curar?
No existe un tratamiento específico que cure y revierta de forma general la cicatrización establecida por cirrosis. Sin embargo, tratar la causa —por ejemplo controlar una hepatitis viral, suspender alcohol o tratar factores metabólicos— puede frenar o ralentizar el daño y reducir el riesgo de nuevas complicaciones.
3. ¿Qué alimentos debe evitar una persona con cirrosis?
El plan debe ser individualizado. De forma general, la NIDDK recomienda evitar alcohol, mariscos, pescados y carnes crudos o poco cocidos y productos lácteos no pasteurizados.
Algunas personas necesitan limitar sodio. No es recomendable eliminar grupos de alimentos o proteínas sin orientación profesional, porque la desnutrición y la pérdida muscular son frecuentes en cirrosis.
4. ¿Toda persona con cirrosis necesita un trasplante de hígado?
No. El trasplante se considera en pacientes seleccionados cuando la enfermedad está muy avanzada, existe insuficiencia hepática o se presentan determinadas complicaciones. La decisión requiere una evaluación especializada y multidisciplinaria.
5. ¿Qué señales de alarma requieren atención inmediata?
Vómito con sangre, heces negras, confusión repentina, somnolencia intensa, fiebre con dolor abdominal, dificultad respiratoria marcada, desmayo o deterioro rápido son señales que requieren atención médica urgente, especialmente en una persona ya diagnosticada con cirrosis.
En pocas palabras: conocer la cirrosis permite actuar antes de que el hígado falle
La cirrosis y el cuidado del hígado deben entenderse como parte de un mismo proceso: reconocer los factores que dañan el órgano, buscar diagnóstico temprano, tratar la causa, prevenir complicaciones y mantener un seguimiento continuo. La cirrosis representa una etapa avanzada de cicatrización hepática, pero su evolución no es idéntica en todos los pacientes.
Una persona con cirrosis puede permanecer sin síntomas durante un tiempo; otra puede debutar con ascitis, hemorragia, ictericia o encefalopatía. Por eso, el seguimiento no debe basarse únicamente en “cómo me siento”. Las pruebas de laboratorio, la ecografía, la elastografía y otros estudios permiten al equipo médico valorar la función del hígado, identificar complicaciones y decidir el tratamiento más apropiado.
La prevención continúa siendo una de las herramientas más valiosas. Vacunarse contra hepatitis B cuando corresponda, prevenir hepatitis C, evitar consumo perjudicial de alcohol, cuidar la salud metabólica, mantener un peso adecuado, no automedicarse y consultar ante factores de riesgo puede ayudar a reducir la probabilidad de llegar a enfermedad hepática avanzada.
Cuando la cirrosis progresa a insuficiencia hepática, el trasplante de hígado puede convertirse en una alternativa para pacientes cuidadosamente seleccionados. La decisión requiere valoración especializada y acompañamiento multidisciplinario. Lo más importante es no esperar a que aparezcan complicaciones graves para prestar atención a la salud hepática.
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Fuentes consultadas
National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases (NIDDK). Cirrosis: definición y hechos. Consultar fuente
NIDDK. Síntomas y causas de la cirrosis. Consultar fuente
NIDDK. Diagnóstico de la cirrosis. Consultar fuente
NIDDK. Tratamiento de la cirrosis. Consultar fuente
NIDDK. Alimentación, dieta y nutrición para la cirrosis. Consultar fuente
Organización Mundial de la Salud. Hepatitis B. Actualización 28 de julio de 2026. Consultar fuente
Organización Mundial de la Salud. Hepatitis C. Actualización 28 de julio de 2026. Consultar fuente
American Association for the Study of Liver Diseases (AASLD). Nueva nomenclatura MASLD / enfermedad hepática esteatósica. Consultar fuente
Instituto Nacional de Salud de Colombia. ¿Sabe cuál es la importancia de donar órganos? Cifras de trasplantes 2025. Consultar fuente
Colombiana de Trasplantes. La cirrosis, ¿el preámbulo al trasplante de hígado? Artículo de referencia. Consultar fuente
Colombiana de Trasplantes. Enfermedad hepática: diagnóstico, tratamiento, prevención y servicios. Consultar fuente
Es médico egresado de la Universidad de La Sabana y Especialista en Cirugía General de la Universidad del Rosario. Además, Especialista en Cirugía hepatobiliopancreática y trasplante multiorgánico del Hospital Universitario Fundación Favaloro en Argentina, Cirujano Acreditado en Trasplante Renal.
El doctor Pedraza está vinculado como Cirujano de Trasplantes en Colombiana de Trasplantes desde 2010.






